Sus cabellos morochos cayeron en mi espalda en dos hojas de otoño. Se deslizaban finos, mojados, revueltos en la marea de mis pasajes.Juramento estaba encendida en atardeceres y su sombra se deslizaba traviesa, vertiginosa, entre los naranjas de su habitación.
El poniente nos sorprendió tarde, mientras ella encendía sus vicios en el balcón detrás de la cortina. De a momentos la perdía, entre el humo de las colillas enredadas en el cenicero y la sobria corriente entre sus pechos. Su piel se erizaba y me distraía vergonzoso.
Cada tanto descubría sus ojos españoles espiándome tras la persiana y me sonreía evidente. Su boca temblaba entre el tabaco.
El ritmo de su cuerpo sobre las maderas húmedas, dónde escalaba entre los infiernos y se volvía esencia y bambú. El sabor del café en su boca, su aliento en la nuca olor a canela.
Su gato se asomaba sigiloso, refregándose entre los marcos de las puertas. Sus ronroneos eran miles de estampidas alzando las sirenas de los autos, y sus ojos almendrados como tu piel. Y me miraban, y me mirabas, mientras se trepaban en tu terraza.
Mirabas con melancolía aquella calesita perdida entre colores pasteles de 1993. Los caballos y la sortija te desgarraban la memoria y buscabas a tientas la mano del viejo. Los ojos se te empañaron mientras mirabas mis anteojos sobre la mesa de luz. El labio le tembló un poco, pero sonrió.
Aún se escuchaban las risas de los chicos cuando el tren de las siete pasó entre los olmos. El parquet vibró y se desvistió a ciegas, dudando siempre en el último botón. Sus manos se confundían en la desnudez, no sabía si me llamaba o si me pedía que me marchara en una seña ahogada en gritos, temblorosa, dubitativa.
Se mordió el labio y el escándalo del Mitre sobre el andén la enloqueció. Giraba entre las sombras, y se chocaba infame contra los cimientos, contra la carne, contra los huesos.
Eras una bailarina perdida en una caja musical, con los zapatos gastados y las medias desgarradas. Me quería, tiernamente indefensa y siempre tan demandante.
Sus alaridos me vaciaban en silencios, y yo también me quise probar que la quería. Me resultaba adorable la manera en la que te prostituías por un par de besos y me regalabas tu mano esperando ser agarrada.
Oí la campana nuevamente y me até los zapatos. Me asfixiaste en un abrazo colgada en mi espalda. Te vi eterna tras la barrera en tu vestido azul esperándome, y quise alejarme.
En una cuadra logré perderme en tu recuerdo de esa noche bailando sobre Ravignani, tropezando tus tacos con el empedrado, y te desee aunque el verano ya había pasado.
Doblé en Conde entre dos hojas almendra como tu piel, entre flamencos, con la vista clavada en tu mano sobre la ventana; en un paraíso a la vuelta de casa, convertido en cenizas que me sabían a azufre.
L.S
No hay comentarios:
Publicar un comentario