viernes, 21 de octubre de 2011

Húmedo blues de febrero

Los perros ladraban mientras te hacías el amor volcada en el sillón. Te ahogabas en un temor vergonzoso antes de llegar al orgasmo y los animales callaban en tus suspiros insatisfechos. En la intimidad eras deseo y desesperación.
Escribias estas líneas escuchando las motos sobre el asfalto y el afilador tocando tu puerta. Te mareabas entre la presunta locura y los deseos suicidas. La soledad sabía teñirte de negro o blanco y tomabas tu cuarta taza de café mirando el tatuaje en tu pie.
Pusiste un blues gris en la compactera. Bailabas entre las paredes corales infames del living, divertida... y tu pelo revuelto entre los hombros.
Siempre confundí tu sonrisa con melancolía, pero hoy me eras nítida y me guiñaste un ojo traviesa.
No esperabas la llamada de aquel hombre, mas un beso de la mujer que te olvidó en un retrato sobre su mesa de luz. Y lo extrañabas tras la puerta, esperando espectante, con tus ojos redondos de nueve años.
Aún olías la humedad de tu cabello y la de tus párpados mojados. Si tus manos no hubieran sido tan pequeñas, habrías arrastrado su valija. Tu infancia moría en un viejo y gris Renault 19, una tarde lluviosa de un dos mil y pico.
La tormenta soplaba fuerte en forma de presagio. No era poesía, salvo una desafortunada coincidencia.
Era la primavera de una nueva década, y aún sentías aquella lluvia tropical, entumenciéndote la piel, helando el alma.
Y oías en la oscuridad gritos de desamor que vos misma repetias. Y oías los pasos, y una puerta que se cerraba hermética tras la valija.
Te miraste al espejo y descubriste el parecido, seguramente orgullosa y también temerosa. Te dieron ganas de llorar, pero me sonreiste.
Y a vos, ¿podría quererte?

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