martes, 24 de enero de 2012

Camilo

Las rosas duermen eternas sobre el balcón de tus recuerdos. El viento las ha apagado entre ocasos y amaneceres, y sus pétalos reposan cansados sobre la tierra.
Se deshojan en suspiros, gemidos de cansancio.
El gato llama a la aurora, pendiente sobre la ventana.
Hago silencio mientras camino a tientas por la cocina. Sólo huelo la ausencia asaltándome. Pronto todo sería vacío y lágrimas... y algunos recuerdos de cotillón.
¿Por qué no siente el perfume de tus flores?
Una brisa me invitó a recordar, y mis ojos se humedecieron.
Abracé tu cabeza peluda, mientras tus ojos se extinguían entre mis manos. Decían que estabas relajado.
Tu respiración se volvió cada vez más lejana, hasta ser tan solo un recuerdo, o una ilusión. Escuché tu último suspiro.
El ruido de las garras deshilachando la alfombra me despierta, acostada sobre tu guarida. Siento las patas del gato hurgando sobre la oscuridad desierta, refregándose en la soledad, buscando en la tierra tus raíces. Y bajo sus patas yacen secas.
Entre maullidos, oscurece. Y aún me intento responder, ¿por qué te hemos hecho esto?
LSF

viernes, 21 de octubre de 2011

Húmedo blues de febrero

Los perros ladraban mientras te hacías el amor volcada en el sillón. Te ahogabas en un temor vergonzoso antes de llegar al orgasmo y los animales callaban en tus suspiros insatisfechos. En la intimidad eras deseo y desesperación.
Escribias estas líneas escuchando las motos sobre el asfalto y el afilador tocando tu puerta. Te mareabas entre la presunta locura y los deseos suicidas. La soledad sabía teñirte de negro o blanco y tomabas tu cuarta taza de café mirando el tatuaje en tu pie.
Pusiste un blues gris en la compactera. Bailabas entre las paredes corales infames del living, divertida... y tu pelo revuelto entre los hombros.
Siempre confundí tu sonrisa con melancolía, pero hoy me eras nítida y me guiñaste un ojo traviesa.
No esperabas la llamada de aquel hombre, mas un beso de la mujer que te olvidó en un retrato sobre su mesa de luz. Y lo extrañabas tras la puerta, esperando espectante, con tus ojos redondos de nueve años.
Aún olías la humedad de tu cabello y la de tus párpados mojados. Si tus manos no hubieran sido tan pequeñas, habrías arrastrado su valija. Tu infancia moría en un viejo y gris Renault 19, una tarde lluviosa de un dos mil y pico.
La tormenta soplaba fuerte en forma de presagio. No era poesía, salvo una desafortunada coincidencia.
Era la primavera de una nueva década, y aún sentías aquella lluvia tropical, entumenciéndote la piel, helando el alma.
Y oías en la oscuridad gritos de desamor que vos misma repetias. Y oías los pasos, y una puerta que se cerraba hermética tras la valija.
Te miraste al espejo y descubriste el parecido, seguramente orgullosa y también temerosa. Te dieron ganas de llorar, pero me sonreiste.
Y a vos, ¿podría quererte?

jueves, 20 de octubre de 2011

Juramento y la vía

Sus cabellos morochos cayeron en mi espalda en dos hojas de otoño. Se deslizaban finos, mojados, revueltos en la marea de mis pasajes.Juramento estaba encendida en atardeceres y su sombra se deslizaba traviesa, vertiginosa, entre los naranjas de su habitación.
El poniente nos sorprendió tarde, mientras ella encendía sus vicios en el balcón detrás de la cortina. De a momentos la perdía, entre el humo de las colillas enredadas en el cenicero y la sobria corriente entre sus pechos. Su piel se erizaba y me distraía vergonzoso.
Cada tanto descubría sus ojos españoles espiándome tras la persiana y me sonreía evidente. Su boca temblaba entre el tabaco.
El ritmo de su cuerpo sobre las maderas húmedas, dónde escalaba entre los infiernos y se volvía esencia y bambú. El sabor del café en su boca, su aliento en la nuca olor a canela.
Su gato se asomaba sigiloso, refregándose entre los marcos de las puertas. Sus ronroneos eran miles de estampidas alzando las sirenas de los autos, y sus ojos almendrados como tu piel. Y me miraban, y me mirabas, mientras se trepaban en tu terraza.
Mirabas con melancolía aquella calesita perdida entre colores pasteles de 1993. Los caballos y la sortija te desgarraban la memoria y buscabas a tientas la mano del viejo. Los ojos se te empañaron mientras mirabas mis anteojos sobre la mesa de luz. El labio le tembló un poco, pero sonrió.
Aún se escuchaban las risas de los chicos cuando el tren de las siete pasó entre los olmos. El parquet vibró y se desvistió a ciegas, dudando siempre en el último botón. Sus manos se confundían en la desnudez, no sabía si me llamaba o si me pedía que me marchara en una seña ahogada en gritos, temblorosa, dubitativa.
Se mordió el labio y el escándalo del Mitre sobre el andén la enloqueció. Giraba entre las sombras, y se chocaba infame contra los cimientos, contra la carne, contra los huesos.
Eras una bailarina perdida en una caja musical, con los zapatos gastados y las medias desgarradas. Me quería, tiernamente indefensa y siempre tan demandante.
Sus alaridos me vaciaban en silencios, y yo también me quise probar que la quería. Me resultaba adorable la manera en la que te prostituías por un par de besos y me regalabas tu mano esperando ser agarrada.
Oí la campana nuevamente y me até los zapatos. Me asfixiaste en un abrazo colgada en mi espalda. Te vi eterna tras la barrera en tu vestido azul esperándome, y quise alejarme.
En una cuadra logré perderme en tu recuerdo de esa noche bailando sobre Ravignani, tropezando tus tacos con el empedrado, y te desee aunque el verano ya había pasado.
Doblé en Conde entre dos hojas almendra como tu piel, entre flamencos, con la vista clavada en tu mano sobre la ventana; en un paraíso a la vuelta de casa, convertido en cenizas que me sabían a azufre.
L.S

Caprichos en V.

Debería llamarme Verónica, respondiste cuando pregunté tu nombre.
Verónica, con ese nombre te sentía conocida.
Te ponías nerviosa cuando te contaba cuánto me gustaban tus pechos; y me negabas la mirada al tocarte, escondiendo tus gestos entre los oscuros de aquel departamento sobre Vidal.
Temías que te besara en el cuello y entre tus piernas. Los nervios te volvían risa y melancolía. Y cruzabas las rodillas con el pretexto de no soportar las cosquillas.
No te gustaban las preguntas, y jamás te interesaron mis respuestas. Nunca entendiste el sexo como atracción sexual; y el orgasmo no sabía estremecerte tanto como mi mano sobre tu mejilla.
Verónica, busco enloquecido aquella instantánea que alguna vez dejaste para mí bajo tu colchón.
Cuántas veces quise verte entre la neblina de mis sábanas. Tu piel traslúcida sobre el reflejo de la luna; aquellos encajes rojos violando tu desnudez, vivos entre tus persianas.
Te enoja cuando me mareo sobre tu almohada. Con vos son sólo convicciones y decisiones. Y sin embargo dejás que tus manos me curtan la piel, violando tus creencias.
Tu boca me sonríe ingenua, y cuánto lloras cuando la madrugada nos descubre en tu cama.
Verónica duerme sola, dándome la espalda, y se abraza. Se enoja si la toco inadvertida, y cuando le recito palabras que no comprendo.
Desespera con los exhibicionistas, y no me deja verle la piel con la luz encendida.
Los silencios son amantes de su confianza; y ella es amante en el silencio, en las miradas y en los sueños.
Y la pierdo. La pierdo en el gemido de las palabras luego del sexo, en la incomodidad. En frases triviales que intentan llenar un vacío existencial.
Verónica te recuerdo, perdida en mi cama, con tus manos de plomo sobre mi pecho y tus suspiros en mi oreja.
L.S

Sudestada

Cigarrillos pasados por agua y cielos grises, corazones despechados. La piel impermeable cubierta de marcas que la lluvia nunca supo borrar, y labios que se aniegan en reclamos. Me ahogo en la envidia de un sexo ausente, fumando mis deseos hasta la colilla.
El cabello húmedo roza mi mejilla y las lágrimas se confunden con gotas. Nunca conocí a nadie que me deseara tanto, que me quisiera tan poco.
Corro y me consumo entre saltos y charcos, entre autos y semáforos. Ya no me resguardo de lo que me atormenta, sucumbo ante el olvido, y ansío disiparme en la infinidad de estas cuadras. Y sin embargo, regreso al mismo lugar.
Me despojo de la ropa ya hecha agua, deseando así desprenderme de algún pasado, transformando tu aroma en humo, tus besos en cenizas.
L.S