jueves, 20 de octubre de 2011

Caprichos en V.

Debería llamarme Verónica, respondiste cuando pregunté tu nombre.
Verónica, con ese nombre te sentía conocida.
Te ponías nerviosa cuando te contaba cuánto me gustaban tus pechos; y me negabas la mirada al tocarte, escondiendo tus gestos entre los oscuros de aquel departamento sobre Vidal.
Temías que te besara en el cuello y entre tus piernas. Los nervios te volvían risa y melancolía. Y cruzabas las rodillas con el pretexto de no soportar las cosquillas.
No te gustaban las preguntas, y jamás te interesaron mis respuestas. Nunca entendiste el sexo como atracción sexual; y el orgasmo no sabía estremecerte tanto como mi mano sobre tu mejilla.
Verónica, busco enloquecido aquella instantánea que alguna vez dejaste para mí bajo tu colchón.
Cuántas veces quise verte entre la neblina de mis sábanas. Tu piel traslúcida sobre el reflejo de la luna; aquellos encajes rojos violando tu desnudez, vivos entre tus persianas.
Te enoja cuando me mareo sobre tu almohada. Con vos son sólo convicciones y decisiones. Y sin embargo dejás que tus manos me curtan la piel, violando tus creencias.
Tu boca me sonríe ingenua, y cuánto lloras cuando la madrugada nos descubre en tu cama.
Verónica duerme sola, dándome la espalda, y se abraza. Se enoja si la toco inadvertida, y cuando le recito palabras que no comprendo.
Desespera con los exhibicionistas, y no me deja verle la piel con la luz encendida.
Los silencios son amantes de su confianza; y ella es amante en el silencio, en las miradas y en los sueños.
Y la pierdo. La pierdo en el gemido de las palabras luego del sexo, en la incomodidad. En frases triviales que intentan llenar un vacío existencial.
Verónica te recuerdo, perdida en mi cama, con tus manos de plomo sobre mi pecho y tus suspiros en mi oreja.
L.S

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